Alfredo Guttero

Una beca -discernida por un jurado que integraba Martín Malharro- llevó a Alfredo Guttero a Europa, en 1904, por cuatro años: vivió allí, sin embargo, hasta 1927, la mayoría del tiempo en París, y el resto en ciudades de España, Italia, Austria y Alemania. Al cabo de tan larga ausencia, instalado en Buenos Aires, Guttero se convierte en nervio y motor del arte argentino de vanguardia. Organiza así, en 1929, el Nuevo Salón -en cuyas tres ediciones anuales expone Xul Solar, Emilio Pettoruti, Pedro Figari, Juan del Prete, Miguel Carlos Victorica, Lino Enea Spilimbergo, Horacio Butler y Héctor Basaldúa, entre otros-; y funda los Cursos Libres de Arte Plástico, con Raquel Forner, Alfredo Bigatti y Pedro Domínguez Neira. A Guttero se debe el procedimiento por él denominado "yeso cocido" (mezcla de yeso, pigmentos y carbonato de calcio), que le permitía dar a sus pinturas las características del mural. La muerte -una muerte prematura- sorprende a Alfredo Guttero a los cincuenta años, un lustro después de su retorno a la Argentina. En ese corto tiempo, hace retratos, escenas y tipos urbanos, estampas religiosas y otros temas, como esta Naturaleza muerta, ejecutada según la técnica del "yeso cocido". Difícil es encasillar a Guttero en alguna de las tendencias del arte contemporáneo, por cuyo afianzamiento luchó con denuedo, como hemos anotado. Era figurativo, pero es esta una categorización apenas instrumental. Puede señalarse, entonces, que en él prevalecía, ante todo, el afán de la composición y del tratamiento matérico. Esa composición, ordenada y armoniosa -una herencia de las lecciones recibidas de Maurice Denis, su maestro en París- traducía casi siempre un impulso decorativo -en el sentido de la gran tradición artística-, de ciertas afinidades con las claves del art nouveau.