Carlo Carrá

Un fuerte espíritu indagador lleva a Carlo Carrá a participar en varios de los movimientos de las tres primeras décadas del siglo. En 1910, suscribe en Milán -en cuya Academia de Brera había estudiado- los dos manifiestos del Futurismo, junto con Umberto Boccioni, Giacomo Balla, Gino Severini y Luigi Russolo. Hacia 1916, a instancias de Giorgio de Chirico, pasa del dinamismo y la actualidad de las telas futuristas a la inmovilidad y el misterio de sus pinturas metafísicas, en las que acentúa el rigor compositivo y la solidez de las formas. Se une luego al grupo constituido alrededor de la revista romana Valori Plastici, que entre 1918 y 1921, preconiza un "retorno al orden", y aun participa de las dos muestras (1926 y 1929) del Novecento, tendencia a cuya actitud retórica se opone por considerarla una "escarlatina neoclásica y nacionalista".

"El arte es una búsqueda de esencias universales y eternas", decía Carlo Carrá al proponerse la fundación de un nuevo orden estético basado sobre el examen de las tendencias contemporáneas y una reflexión histórica sobre la pintura del pasado. Considerábase continuador de los "pintores constructores"(Giotto, Uccello, Masaccio) y buscaba liberarse de la imitación naturalista para producir una pintura de objetos corpóreos, macizos, donde cada elemento fuese reducido a su forma esencial. La casa roja manifiesta su intención de abordar un estudio puro y simple de la vida moderna, donde él advertía "una metafísica de las cosas ordinarias". Así, en el primer plano, sobre el alféizar de la ventana, ubica una naturaleza muerta constituida por tres objetos de formas geométricas básicas (esfera, plano, cubo), poderosa simplificación que extiende a los muros, rítmicamente tratados en el fondo.