Vincent van Gogh

Vincent van Gogh fue el mayor de los seis hijos de un pastor calvinista. Sus deseos de convertirse en predicador se frustran y, en 1881, decide ser artista. La etapa holandesa se caracteriza por un fuete expresionismo de tonos oscuros; los temas que aborda se vinculan con el sufrimiento de los pobres. En 1886, viaja a París. Por mediación de su hermano Theo, quien dirige una pequeña galería de arte en Montmartre, conoce a los impresionistas: este contacto lo induce a aclarar su paleta. En 1888, se instala en Arles para conocer la luz meridional: pinta con colores puros, de vibrantes contrastes y pinceladas evidentes. Su inestable salud mental lo obliga a internarse. Se establece luego en Auvers-sur-Oise. Momentos creativos se alternan con crisis nerviosas que no logra superar y lo llevan al suicidio. Esta obra de Vincent van Gogh corresponde a una etapa transicional. La colina de Montmartre, con molinos y jardines, que se hallaba entonces en las afueras de París, es el motivo de inspiración. Pertenece la tela a una serie realizada durante el segundo semestre de 1886, a la que se conoce como Moulin de la Galette. A pesar del título, el que aparece en esta obra es el Moulin de Blute-Fin. Van Gogh recrea la observación del natural; una armonía de colores suaves, aunque luminosos, retiene la atmósfera otoñal. Las pinceladas evidentes construyen las formas con solidez. Las figuras de los campesinos, resueltas con finos trazos de contorno, marcan la persistencia del ámbito rural en las orillas de la gran ciudad. Al año siguiente realiza otra serie de paisajes con molinos, diferente de esta por su composición y colorido. Sus búsquedas lo conducen hacia una paleta de colores intensos y pinceladas enérgicas que conforman su personal estilo.