Edouard Manet

Fracasado su intento de seguir la carrera de marino, Edouard Manet decide hacerse pintor, y, en 1849, ingresa en el taller de Thomas Couture; también frecuentará la Academia Suiza. El escándalo que desata su Almuerzo campestre, en el primer Salón de Rechazados, de 1863 y el que suscita su Olimpia, en 1865, le atraen la reverencia de los pintores antiacademicistas. Su exposición de 1867 (cincuenta óleos) aumenta su prestigio entre los jóvenes artistas. Entre 1873 y 1874 Manet aclara su paleta y estudia los reflejos de la luz, acercándose a los planteos del Impresionismo, con cuyos integrantes mantiene amistad, aunque nunca formó parte del grupo ni expuso en sus muestras. Aunque trabajó a. veces al aire libre, era esencialmente, un pintor de figuras en interiores.

Esta obra de Edouard Manet marca la transición entre las reinterpretaciones de los grandes maestros del pasado y sus telas más maduras. El cambio significativo radica en el tratamiento del desnudo. Aunque la pose elegida remite, al parecer, a un óleo perdido de Rembrandt, que se conocía por medio de un grabado, los rasgos de la modelo (su mujer, Suzanne Leenhoff) convierten a la mitológica ninfa en una persona real. Las sombras se proyectan en direcciones múltiples, haciendo de la propia figura una fuente de luz. Según el testimonio de Antonin Proust, esta obra debía ilustrar el tema bíblico de Moisés salvado de las aguas, y el desnudo representaba a la princesa egipcia; había, además, otros personajes. Pero el planteo del desnudo atrapa a Manet, quien corta la tela para lograr un mejor encuadre y elimina las figuras restantes cubriéndolas con óleo. También agrega un fauno, que luego tapa.