Pedro Figari


Abogado, político, legislador, funcionario y periodista, Pedro Figari se ocupó también de temas de antropología cultural y de filosofía: su lúcido ensayo Arte, estética, ideal, de 1912, es el primero en su género de la América Latina, como sus teorías acerca del Regionalismo (1915-19), de las cuales desciende, a veces sin saberlo, buena parte de la pintura y la arquitectura latinoamericanas de nuestra época. Figari fue quien llevó a la práctica, antes que nadie, sus concepciones regionalistas, Si bien pintaba desde tiempo atrás, sólo en 1921, a los sesenta años, decidió abandonarlo todo y dedicarse de lleno al arte. Vino entonces a Buenos Aires, donde permaneció hasta 1925, para radicarse de inmediato en París y volver a Montevideo ocho años después, en 1933. En esa década y media, creó una obra única, sin antecesores ni continuadores, que se cuenta entre las mayores de América latina. Pedro Figari se propuso documentar el pasado uruguayo (y aun el argentino) a través de los negros montevideanos y los gauchos rioplatenses, para rescatar tradiciones sociales sepultadas en el olvido. Lejos del nativismo, sus ideas regionalistas le pedían dar cuenta de su tierra y sus gentes incorporando, de manera crítica, aquellos elementos del arte foráneo que sirvieran a su objeto, superando así el nacionalismo sin horizontes y el internacionalismo sin raíces. Es natural adscribirlo a las tendencias postimpresionistas, pero Figari estaba en los antípodas culturales de esas corrientes: él hacía del pasado un presente vivo, no del presente un pasado inmóvil. La obra que hemos elegido pertenece a la veta gauchesca: en un patio de estancia, se baila pericón. Pocas pinceladas han bastado al artista para presentarnos a las parejas que danzan cerca de la galería, bajo el cielo nocturno.