Joaquín Torres García


Puente entre la modernidad europea y la tradición latinoamericana, Joaquín Torres García retornó a su Montevideo natal en 1934, después de cuatro largas décadas de ausencia. Había vivido, de 1891 a 1920, en Barcelona y otras ciudades catalanas, y, entre 1920 y 1922, en Nueva York, para afincarse en Italia y Francia, en cuya capital residió desde 1926 hasta 1932; por último, se detuvo un año y medio en Madrid, antes de volver a Uruguay. A fines del 20, Torres García empieza a destacarse en las vanguardias abstracto-geométricas de la época y es uno de los fundadores del grupo Cercle et Carré (París 1930). Sin embargo, su camino es otro, el del Universalismo Constructivo, que desarrollará en Montevideo durante los quince años finales de su vida. Torres García fue un gran maestro de la pintura del siglo XX. El constructivismo era, para Joaquín Torres García, "la creación de un orden [estético]". Pero tal orden debía ser universal, como todo arte que se precie de serlo. Por eso, agregaba, su discurso pictórico es "algo nuevo porque es lo más antiguo", "un arte colectivo, impersonal". De ahí que la geometría no constituyera el resultado sino el punto de partida, una lengua general para expresar una racionalidad accesible a todos, en todas partes. Sobre esa base, Torres García desplegaba sus símbolos seculares y religiosos, míticos y cotidianos -otra lengua general- con los cuales sumaba el componente emocional a la racionalidad de la geometría, transformándola a ésta en símbolo. La obra aquí presentada, Composición, es ilustrativa del arte de Torres García, que él fertilizó con las tradiciones de la vieja América, para conciliar magia y pensamiento, invención y concepto, naturaleza y psiquismo.