Guillermo Kuitca

Aunque pinta desde los seis años y tuvo su primera exposición a los trece, en 1974, Guillermo Kuitca inicia su obras definitiva a comienzos de la década del 80, luego de un viaje a Europa, donde lo sorprende "la reaparición de la pintura y de la imagen de la pintura en los niveles más altos del arte", al cabo de la etapa conceptual, cuando "pintar sobre una tela producía una culpa terrible", según ha dicho en una entrevista de prensa. Kuitca empieza pronto a recibir el espaldarazo de la crítica argentina e internacional, lo que se traduce en las exhibiciones realizadas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (1991) y en el Instituto Valenciano de Arte Moderno de Valencia (1993), así como su participación en la IX Documenta de Kassel (1992), única presencia hasta hoy de un argentino en esa muestra. Kuitca fue también autor y director teatral: Nadie olvida nada (1982) y El mar dulce (1984). Pertenece esta obra a la primera etapa de Guillermo Kuitca, la de sus alegorías escénicas, que cesa en 1987, al emprender el artista las series de las Plantas de departamentos, los Mapas y los Planos de ciudades. La génesis de esta obra fue un poema de Borges, Insomnio, uno de los más dramáticos y hondos del autor: las barras negras suponen los "tirantes de enorme fierro" que Borges, según escribe, necesita tener la noche. Pero la lectura de La consagración de la primavera, la novela (1978) de Alejo Carpentier cuyo título está tomado de una célebre partitura de Stravinsky (1913), modificó la orientación de la tela. Es que el texto del gran escritor cubano, con su épica de la libertad y su sentimiento revolucionario, llevaron a Kuitca a salir del escepticismo y el acento trágico que ponía -y seguirá poniendo- en sus creaciones de entonces, para describir aquí una celebración.