Jorge de la Vega

Cuando realizó su primera exposición, en 1951, Jorge de la Vega aún estudiaba arquitectura. Poco después, abandonó esa carrera para dedicarse por entero al arte, disciplina en la que era autodidacta. Pero su producción más valiosa, interrumpida por una muerte súbita, fue la ejecutada durante la última década de su vida: las obras de entonces hicieron de él uno de los creadores más destacados y originales de su época. De la Vega, que había practicado la abstracción geométrica, se contó entre los fundadores del movimiento neofigurativo con Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Rómulo Macció (1961-65). Vivió dos años en los Estados Unidos (1965-67), entre la Universidad de Cornell, donde enseñaba, y Nueva York. Tras volver a Buenos Aires, abordó, en 1968, la canción popular crítica, como poeta e intérprete, y a esta nueva forma creativa se entregó de lleno, relegando en cierto modo a la pintura. Si fuera preciso compendiar en una sola noción la rica y expresiva obra de Jorge de la Vega, habría que admitir que elaboró una especie de saga de la formación y deformación del ser humano, una "ontogonía". Pero ella tiene que ver con la época convulsa y transformadora en que fue creada. La "ontogonía" es, por lo tanto, una visión de seres en un tiempo y un espacio, establecida con burlesca y patética entonación, pero también con una animosa y esperanzada confianza en el destino del hombre: Urano en casa 4 es una muestra válida de sus creaciones. Sin embargo, no se entenderá cabalmente la obra del artista si no se abarcan, además, las clave de su personalidad: la abrumadora ansia de vivir, el ínsito sentido del humor, el rechazo de las convenciones, una ingenuidad básica -que era el elemento de oposición al lugar común-, y el hecho de ser una autodidacta, que le permitía todas las audacias.