GENÉTICA Y SEXUALIDAD HUMANA. II. HOMOSEXUALIDAD

I. GENÉTICA Y COMPORTAMIENTO

El comportamiento puede considerarse como una expresión del desarrollo, quizás la más difícil de analizar pero no por eso fuera del alcance de un control genético. La definición más simple -y quizás por eso la más universal- de comportamiento es la de considerarlo como cualquier reacción a cualquier estímulo, incluyendo desde las formas más simples de conducta -como los tropismos y las taxias- a las más complejas, como son los reflejos, los instintos, el aprendizaje y la inteligencia. Dentro de la escala evolutiva de los seres vivos, el comportamiento se manifiesta a unos u otros niveles; en el caso humano las acciones razonadas predominan frente a las instintivas y reflejas.

1. GENÉTICA DEL COMPORTAMIENTO

La Genética del Comportamiento estudia el control genético de las acciones de los organismos, entendiendo como acción cualquier respuesta a cualquier estímulo, tal como se definía antes el comportamiento.

El análisis genético del comportamiento presenta ciertas dificultades que provienen principalmente de tres fuentes:

Desde el punto de vista metodológico, el comportamiento se puede analizar en dos direcciones contrarias: partiendo de genotipos mutantes tratar de estudiar las posibles variaciones del patrón de conducta (método genotípico) o bien, a partir de la variabilidad fenotípica observada, analizar su posible base genética (método fenotípico).

En cuanto se refiere al comportamiento humano, es conveniente recordar que dentro del proceso evolutivo de los homínidos se produjo la aparición de la inteligencia gracias a una serie de cambios anatómicos genéticamente determinados que favorecieron el desarrollo progresivo del cerebro (proceso de cerebralización), de manera que, a partir de un cierto momento, el cerebro del homínido fue capaz de ejercer la actividad intelectual, pudiendo aprehender el medio que le rodeaba, no sólo ya como un mero estímulo, sino como una realidad producto de su propia reflexión. El homínido alcanza el punto crítico de su hominización cuando, al verter hacia el propio individuo esa capacidad de reflexión, surge la consciencia de sí mismo. Por eso, en el comportamiento humano predominan las acciones razonadas frente a las instintivas y reflejas.

2. SINGULARIDADES DE LA ESPECIE HUMANA

En el presente contexto es interesante señalar que la evolución ha dotado a la especie humana de una singularidad que la diferencia de cualquier otra especie animal ya que el ser humano está genéticamente capacitado para ser sujeto culto (capaz de utilizar el lenguaje simbólico), sujeto ético (capaz de anticipar acontecimientos y hacer juicios de valor, distinguir el bien del mal y optar libremente) y sujeto religioso (abierto a la trascendencia al interrogarse sobre su propio origen y destino; el sentido de la vida).

La inteligencia humana permite el razonamiento abstracto, la categorización y el razonamiento lógico. Como decía Pedro Laín, utilizando el lenguaje simbólico, el hombre es capaz de proyectar, crear lo proyectado y transmitir a los demás lo que por su cuenta hizo. El hombre ha sido capaz de crear el arte, la literatura, la ciencia y la tecnología.

Al considerar al hombre como sujeto ético hay que tener en cuenta que una cosa es el sentido moral y otra las normas o códigos morales. Las condiciones para que se dé el sentido moral son: tener la capacidad de anticipar las consecuencias de las acciones propias, tener capacidad de hacer juicios de valor y tener libre albedrío. El sentido moral es consecuencia de la evolución biológica, pero los códigos morales no; sin embargo, las normas morales pueden tener consecuencias biológicas. Se podría poner como ejemplo extremo una hipotética prohibición de tener hijos. Otras veces ocurre lo contrario; por ejemplo, dar la vida por alguien con quien no se comparten genes no tiene valor biológico.

3. ESTUDIO GENÉTICO DEL COMPORTAMIENTO HUMANO

Tratando de sistematizar el estudio genético del comportamiento humano sería conveniente dividir éste en:

II. COMPORTAMIENTO HOMOSEXUAL

Al tratar el comportamiento homosexual se plantea la cuestión de si existe alguna base biológica o genética en el trasfondo de tal conducta. En lenguaje coloquial podría expresarse en términos tales como: ¿el homosexual, nace o se hace? La frecuencia de varones o mujeres homosexuales en las poblaciones humanas no es insignificante, estimándose entre valores de un 2% y un 5%. Por otro lado, es claro que la sociedad ha cambiado su actitud frente a la homosexualidad, pasando para unos de "delito" a "pecado", de "pecado" a "enfermedad" y de "enfermedad" a "condición", mientras que para otros no es más que un "ejercicio de la libertad" humana, rechazando que haya algún tipo de condicionamiento.

1. SEXUALIZACIÓN DEL CEREBRO Y HOMOSEXUALIDAD

Tal como se indicaba en la primera parte de este estudio (ver Genética y sexualidad humana. I. Bases biológicas y genéticas del sexo), el trabajo del grupo de Gorski (Allen y col., 1989) fue fundamental porque demostraba que el tamaño del tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior (INAH-3) de la región peóptica medial del hipotálamo de los varones triplica al de las mujeres. Este dato llevó a Simon LeVay a comparar el tamaño del INAH-3 en cerebros de varones heterosexuales (LeVay, 1991, 1993: LeVay y Hamer, 1994), llegando a la conclusión de que el tamaño del INAH-3 de 16 varones presumiblemente heterosexuales duplicaba con creces el de 6 mujeres (sin orientación sexual declarada) y el de 19 varones homosexuales. No había diferencia entre los tamaños del INAH-3 de las mujeres y de los varones homosexuales.

Los resultados obtenidos por LeVay parecen concluyentes; no obstante, se les ha sometido a un análisis crítico muy fuerte habida cuenta de las repercusiones que se pueden derivar de su trabajo. Una de las críticas que se hacen (Byne, 1994) se refieren a que el estudio se había realizado en autopsias de varones homosexuales que habían muerto a causa del SIDA y ello podía haber afectado al tamaño de los núcleos hipotalámicos estudiados. Sin embargo, LeVay había comprobado que el volumen de los INAH-3 de varones heterosexuales muertos por SIDA que habían sido utilizados en la muestra no difería del de los varones heterosexuales fallecidos por causas distintas al SIDA. Incluso, en un estudio adicional, LeVay comparó en una "prueba ciega" el INAH-3 de un varón homosexual no fallecido por SIDA con los de otros varones heterosexuales de edad parecida, volviendo a encontrar que el volumen del INAH-3 de aquél era menos de la mitad que el de éstos (LeVay y Hamer, 1994). Se podría concluir, por tanto, que la enfermedad no había influido -al menos de forma importante- en el tamaño de los INAH-3 de los varones homosexuales utilizados en el trabajo principal.

¿Cómo interpretar la correlación observada entre la orientación sexual y el tamaño de los INAH-3? Le Vay señala tres posibilidades (LeVay, 1991; LeVay y Hamer, 1994):

  1. las diferencias estructurales de los cerebros están presentes desde el nacimiento o, incluso, antes, contribuyendo así a establecer la orientación sexual del varón
  2. las diferencias se producen en la madurez del individuo como consecuencia de su comportamiento sexual;
  3. aunque no existe una relación causal entre el tamaño de los INAH-3 y la orientación sexual, pueden estar ambos relacionados con una tercera variable; por ejemplo, algún suceso ocurrido durante el desarrollo perinatal.

De las tres posibilidades, la segunda parece ser bastante improbable porque datos obtenidos en rata demuestran que los núcleos dimórficos sexuales del área preóptica, que responden con cierta plasticidad a los andrógenos durante las primeras fases de desarrollo cerebral, sin embargo no suelen cambiar en etapas posteriores.

Aunque Le Vay se inclina por la primera posibilidad (relación causa-efecto), sin embargo, admite que cualquier conclusión en este aspecto es todavía especulativa ya que la respuesta de cada cerebro a los andrógenos supone unos procesos moleculares complejos que implican la interacción de receptores y una serie de proteínas desconocidas codificadas por unos genes aún no identificados (Le Vay y Hamer, 1994).

Aunque también la comisura anterior (Allen y Gorski,1992) y el núcleo supraquiasmático (Swaab y Hofman,1990) muestran dimorfismo sexual, sin embargo no está del todo clara su relación con casos de homosexualidad.

Para una revisión actualizada del dimorfismo estructural del cerebro ver Vaticón y Alvarez (1996).

En el contexto del dimorfismo sexual anatómico del cerebro hay que mencionar también el caso de la transexualidad o disforia de género. Las personas transexuales varón-a-mujer o mujer-a-varón no aceptan su sexo biológico, teniendo el fuerte convencimiento de haber nacido con el sexo equivocado. En los casos de transexualismo puro, la anatomía y los perfiles endocrinos de la persona están en conflicto con su sentido de género. Un varón transexual se siente mujer y, recíprocamente, una mujer transexual se siente varón.

La primera –y, quizás, única hasta ahora- evidencia de una correlación entre la anatomía cerebral y la transexualidad fue descrita en 1995 por Zhou y colaboradores. Estos investigadores ratificaron, en primer lugar, que el tamaño del núcleo del lecho de la estría terminal (BST) del hipotálamo -que corresponde a un área del cerebro implicada también en el comportamiento sexual- es mayor en varones que en mujeres, tal como habían descrito Allen y Gorski (1990); en segundo lugar, estudiaron el hipotálamo de seis transexuales varones (varón-a-mujer), encontrando que el tamaño de los BST era equivalente al de las mujeres. Por otro lado, no había diferencias entre varones heterosexuales y homosexuales.

Finalmente, hay que señalar que hasta ahora las investigaciones realizadas sobre la posible influencia genética, las gónadas, la genitalia y los niveles hormonales de los transexuales no han dado resultado alguno que pueda explicar su condición (Zhou y col., 1995).

2. ¿EXISTE UNA DETERMINACIÓN GENÉTICA DE LA HOMOSEXUALIDAD?

La conducta sexual, como otros muchos caracteres de comportamiento, es el resultado de la interacción de factores de tipo genético, biológico, ambiental, vivencial y sociocultural. Como se indicaba en un apartado anterior, una de las dificultades del análisis genético del comportamiento se encuentra en poder discriminar entre el efecto de los genes y la influencia ambiental de cualquier tipo.

Los estudios llevados a cabo para determinar la posible influencia genética del comportamiento homosexual se han realizado mediante planteamientos diferentes: el análisis de gemelos y familias o el análisis de ligamiento con marcadores moleculares en el ADN.

2.1. ESTUDIOS DE GEMELOS

Para el análisis genético de caracteres de comportamiento y, en general, de todos aquellos que no sean considerados como congénitos sino como condicionales (propensión o susceptibilidad a tal o cual enfermedad si se producen determinadas circunstancias) o que estén sujetos a una posible influencia ambiental, resulta de enorme interés la utilización de gemelos.

Los gemelos pueden ser de dos tipos: dicigóticos (DZ) y monocigóticos (MZ). Los primeros están producidos por una fecundación doble (dos espermatozoides fecundan a otros tantos óvulos o al óvulo y a un cuerpo polar), mientras que los segundos se originan por segmentación de un embrión único. Estos últimos constituyen la única posibilidad real (en términos probabilísticos) de que haya dos personas genéticamente idénticas; en cambio, los gemelos dicigóticos no tienen por qué parecerse entre sí más que otros dos hermanos cualesquiera, con la única diferencia -que puede ser importante para el estudio de algunos caracteres- de haber compartido un ambiente prenatal intrauterino común.

Cuando se trata de analizar el componente genético de un carácter cualitativo que se puede clasificar como "todo" o "nada" (presencia o ausencia de una enfermedad o de una actividad de comportamiento, por ejemplo, la homosexualidad), se establece la comparación de los porcentajes de concordancia o discordancia observados entre pares de gemelos monocigóticos (CMZ) y dicigóticos (CDZ). Así, Holzinger propuso la utilización del valor H = CMZ-CDZ /100-CDZ , cuyos límites oscilan entre 0 y 1. Si CMZ y CDZ son iguales querría decir que el componente genético no influye en el carácter en cuestión (H = 0), mientras que H = 1 cuando CMZ = 100 (independientemente del valor de CDZ), lo cual podría interpretarse como que hay un elevado componente genético ya que el carácter se manifiesta de igual manera en todas las parejas de gemelos monocigóticos estudiados.

El caso de la homosexualidad se consideraría como un carácter cualitativo puesto que se es o no se es homosexual. En los primeros estudios realizados se daban valores muy llamativos. Por ejemplo, Kallman (1952a y b) obtuvo los siguientes resultados:

 

Número de parejas

Concordancia (severidad 5-6)*

Concordancia (severidad 1-4)*

Discordancia

 

MZ

44

31

13

0

CMZ=100%

DZ

51

2

11

38

CDZ=25%

*Grado de homosexualidad según la escala de Kinsey (Kinsey y col.,1948)

Otros autores daban también valores similares: CMZ=100% y CDZ=12% (Heston y Shields,1968; Shields y Slater, 1968), lo cual permitiría inferir la existencia de un fuerte componente genético. A nadie se le escapa el sesgo que puede introducirse en los resultados debido a la influencia o dependencia mutua que puede darse sobre todo en las parejas monocigóticas. Por ello sería conveniente incluir en los estudios de gemelos parejas que se hubieran criado separadas, a ser posible en lugares y en familias muy diferentes; así como incluir también estudios de adopción. Por estos y otros motivos, la realidad es que los primeros estudios realizados con gemelos han sido muy cuestionados, dándoseles por ello poco crédito. Sin embargo, las investigaciones modernas parecen más fiables.

Los estudios modernos sobre homosexualidad utilizando gemelos se iniciaron en esta última década, tanto en varones (Pillard y Weinrich, 1986; Bailey y Pillard, 1991) como en mujeres (Bailey y Benishay, 1993; Bailey y col., 1993). En su estudio con varones homosexuales, Bailey y Pillard (1991) analizaron 56 parejas de gemelos monocigóticos, 54 parejas de gemelos dicigóticos, 57 hermanos adoptados (genéticamente no emparentados) y 142 hermanos normales (genéticamente emparentados). Las concordancias obtenidas -es decir, las probabilidades de que siendo homosexual un varón su hermano gemelo monocigótico, dicigótico, adoptado o normal sea también homosexual- fueron del 52%, 22%, 11% y 9%, respectivamente. Por otro lado, la probabilidad de homosexualidad masculina en la población general se estima entre el 1% y el 5%.

Por su parte, LeVay y Hamer (1994) resumían de la siguiente manera el conjunto de resultados de las investigaciones con gemelos realizados por diferentes autores:

  1. Reuniendo los datos referentes a varones se encuentra que en el caso de gemelos monocigóticos homosexuales la probabilidad de que sus otros hermanos gemelos sean también homosexuales es del 57%, mientras que en el caso de gemelos dicigóticos homosexuales es del 24% y del 13-14% la probabilidad de que sea también homosexual un hermano no gemelo de un varón homosexual;
  2. Los datos referentes a la homosexualidad en mujeres indican que los porcentajes de hermanas lesbianas son de un 50% para el caso de gemelas monocigóticas homosexuales, de un 16% para el de gemelas dicigóticas y del 13% la probabilidad de que también sea lesbiana una hermana no gemela de una mujer homosexual;
  3. En conjunto, la heredabilidad del carácter "orientación sexual" resulta ser de un 53% (con un rango de variación del 31% al 74%) en varones y de un 52% (27-76%) en mujeres. Por heredabilidad de un carácter se entiende la proporción de variación fenotípica del carácter observado en la población que es atribuible a la variación genotípica.

2.2. ESTUDIOS GENEALÓGICOS

Es bien sabido que los caracteres que están influidos por los genes tienden a manifestarse en los miembros de una familia. En el caso de la homosexualidad, el hecho constatado de que los varones homosexuales tengan normalmente más hermanos gays que hermanas lesbianas y que, por el contrario, las mujeres homosexuales tengan más hermanas lesbianas que hermanos gays, parece indicar que los factores responsables de la concentración familiar del carácter homosexualidad deben ser diferentes en varones que en mujeres.

En 1993, Dean H. Hamer y colaboradores estudiaron las genealogías de 114 varones homosexuales, obteniendo los siguientes resultados:

 

Parentesco

Homosexual / total

Porcentaje

Probandos al azar* (n=76)

   

Padre

0 / 76

0

Hijo

0 / 6

0

Hermano

14 / 104

13,5

Tío materno

7 / 96

7,3

Tío paterno

2 / 119

1,7

Primo materno, hijo de tía

4 / 52

7,7

Primo materno, hijo de tío

2 / 51

3,9

Primo paterno, hijo de tía

3 / 84

3,6

Primo paterno, hijo de tío

3 / 56

5,4

Probandos hermanos de homosexuales** (n=38)

 

Tío materno

6 / 58

10,3

Tío paterno

1 / 66

1,5

Primo materno, hijo de tía

8 / 62

12,9

Primo materno, hijo de tío

0 / 43

0

Primo paterno, hijo de tía

0 / 69

0

Primo paterno, hijo de tío

5 / 93

5,4

Es importante señalar, en primer lugar, que la clasificación de las personas como homosexuales se hizo atendiendo a las condiciones más restrictivas (clases 5 y 6) de la escala de Kinsey (Kinsey y col., 1948), lo cual supone una garantía para el estudio realizado. En segundo lugar, también se hizo una estimación de la frecuencia de varones homosexuales en la población, que resultó ser de un 2% (14 de 717). Valor inferior al 4-5% que normalmente se estima para la homosexualidad masculina en las poblaciones, pero que es explicable si se tiene en cuenta la clasificación más estricta de varón homosexual utilizada (clases 5 y 6 de Kinsey).

De los datos presentados en la tabla anterior se obtienen las siguientes conclusiones:

  1. Los hermanos de los 76 probandos homosexuales tienen una probabilidad del 13,5% de ser también homosexuales; es decir, 6,7 veces mayor que la tasa (2%) de homosexualidad de la población analizada;
  2. Entre los parientes más alejados, solamente los tíos maternos (7,3% y 10,3%) y los primos maternos, hijos de tías (7,7% y 12,9%) presentan probabilidades más altas de ser homosexuales con diferencias estadísticas significativas respecto al 2% de la tasa de homosexualidad de la población;
  3. Las elevadas tasas de homosexualidad encontrada en los parientes por vía materna sugieren que pueda tratarse de una herencia genética ligada al cromosoma X.

2.3. ANÁLISIS DE LIGAMIENTO CON MARCADORES MOLECULARES DEL CROMOSOMA X

Ante la evidencia de que los varones homosexuales tienen más parientes masculinos también homosexuales en la rama materna de la familia, Hamer y colaboradores (1993) se plantearon hacer un análisis de ligamiento del cromosoma X en varones homosexuales (ver también LeVay y Hamer, 1994). Si el cromosoma X contiene un gen que aumenta la probabilidad de que un varón (XY) sea homosexual, entonces los varones homosexuales que estuvieran genéticamente relacionados deberían compartir marcadores en el cromosoma X que estuvieran localizados en una posición próxima a dicho gen. Por el contrario, si tal gen no existiera, no se podría encontrar correlación alguna estadísticamente significativa entre la orientación sexual de la homosexualidad y los marcadores del cromosoma X.

Hamer y colaboradores utilizaron 22 marcadores moleculares del cromosoma X (consistentes en secuencias cortas repetidas en tandem un número variable de veces) y los estudiaron en 40 pares de hermanos ambos homosexuales y pertenecientes a familias que no mostraban indicios de transmisión no materna. Ellos demostraron que había cinco marcadores pertenecientes a la región Xq28 (región subtelomérica del brazo largo del cromosoma X) que en 33 de los 40 pares de hermanos analizados segregaban conjuntamente con la orientación homosexual, mientras que los 17 marcadores restantes mostraban total falta de ligamiento con el comportamiento homosexual. El análisis genético realizado indicaba un nivel de significación estadístico de más del 99% de que al menos un tipo de comportamiento homosexual masculino está genéticamente influido. Por otro lado, la presencia de 7 pares de hermanos homosexuales en los que no se daba el ligamiento entre los marcadores de la región Xq28 y la orientación sexual podría explicarse por la homocigosidad de las madres respectivas, por la posible recombinación entre el marcador y el locus del gen responsable del comportamiento homosexual, por la heterogeneidad genética o por causas no genéticas que producen variación en la orientación sexual. De cualquier manera, la probabilidad de que se diera por azar ligamiento en 33 pares de hermanos homosexuales y no se diera en 7 pares es de 1 cada 200; sin embargo, en un grupo control de 314 parejas heterosexuales los marcadores Xq28 se distribuían al azar.

¿Qué interpretación se puede dar a los resultados obtenidos? Hay que resaltar la prudencia con que Hamer interpreta sus propios datos (Hamer y col., 1993; LeVay y Hamer, 1994):

  1. En primer lugar, plantea la repetibilidad del experimento para ratificar posibles conclusiones;
  2. En segundo lugar, la región Xq28 está constituida por unos cuatro millones de pares de bases; es decir, podría contener varios cientos de genes. Por ello insiste en que todavía no puede decirse -como difundían los medios de comunicación- que ya se haya aislado el "gen gay";
  3. De los datos experimentales no se puede deducir aún la importancia cuantitativa de la información genética contenida en la región Xq28 en la manifestación de la orientación sexual de los varones. Queda, asimismo, por clarificar por qué había 7 parejas de hermanos en los que no se demostraba el ligamiento entre su homosexualidad y los marcadores de la región Xq28, ya sea por haber recibido genes distintos o por estar condicionados por factores no genéticos fisiológicos o socioculturales;
  4. Para el conjunto de los varones homosexuales, la mayoría de los cuales no tienen hermanos homosexuales, la influencia de la información contenida en Xq28 es mucho menos evidente;
  5. En cualquier caso, el papel de los genes en la orientación sexual puede ser más de predisponer que de determinar.

Respecto a cómo puede influir en la orientación sexual la región Xq28, el grupo de Hamer (Macke y col., 1993) demostró experimentalmente que no se trataba de un gen que codificara para el receptor de andrógenos, esencial para la masculinización del cerebro. Otra posibilidad sería que, de alguna manera, el supuesto gen de la región Xq28 influyera en el desarrollo de aquellas estructuras neuroanatómicas del cerebro que muestran dimorfismo sexual, como es el caso del tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior (INAH-3), que se ha descrito en un apartado anterior.

En Noviembre de 1995, el grupo de Hamer (Hu y col., 1995) publicó el resultado de otra investigación realizada con el triple objetivo de ratificar la hipótesis del ligamiento entre la región Xq28 y la homosexualidad masculina, analizar la segregación de la región Xq28 en los hermanos heterosexuales de varones homosexuales y, por último, determinar si la región Xq28 está correlacionada con la orientación sexual de las mujeres. Para ello estudiaron 33 familias en las que había dos hermanos homosexuales y 36 familias con dos hermanas lesbianas. Los resultados obtenidos demostraron el ligamiento entre los marcadores Xq28 y la orientación sexual en las familias de varones homosexuales, pero no en las familias de mujeres homosexuales; es decir, la región Xq28 contiene una información genética que influye en la variación individual en la orientación sexual de los varones, pero no de las mujeres.

Es importante señalar aquí, que en 1999 se realizó una investigación similar a la de Hamer en la que no se encontró el ligamiento de los marcadores de la región Xq28 y el comportamiento homosexual.

3. SOCIOBIOLOGÍA DE LA HOMOSEXUALIDAD HUMANA

¿Puede darse alguna interpretación sociobiológica a la homosexualidad en la especie humana? El comportamiento homosexual ha sido permitido y aprobado en muchas culturas diferentes; por ejemplo, se pueden citar las sociedades antiguas ateniense, persa o islámica, la del Imperio Romano, las culturas helenísticas del Medio Oriente, el Imperio Otomano, el Japón feudal, etc. En la civilización occidental moderna, no se pueden ocultar los datos obtenidos por Kinsey y colaboradores en los Estados Unidos de América (Kinsey y col., 1948) quienes encontraron que un 2% de las mujeres y un 4% de los varones eran exclusivamente homosexuales y hasta un 13% de los varones habían sido predominantemente homosexuales durante, al menos, tres años de sus vidas.

Ante esta situación, el sociobiólogo E.O. Wilson (1978) planteó la posibilidad de que la homosexualidad entre dentro de la normalidad en un sentido biológico, considerando que el comportamiento homosexual haya tenido efectos beneficiosos y haya evolucionado como un elemento importante en la organización social primitiva humana. Argumenta también Wilson que el comportamiento homosexual es común en muchas especies animales, desde insectos a mamíferos, encontrando su más completa expresión como alternativa a la heterosexualidad en la mayoría de los primates inteligentes, incluyendo los macacos, papiones y chimpancés.

Como señalan Toro y Castro (1996), desde un punto de vista evolutivo, parece lógico pensar que los individuos homosexuales deberían tener menos descendencia que los heterosexuales y, por tanto, si hubiera genes que influyen en la orientación homosexual de sus portadores tendrían que haber sido eliminados por la selección natural. Por consiguiente, habría que buscar una explicación evolutiva a la posible presencia en las poblaciones humanas de genes que predisponen o condicionan a la homosexualidad. Un estudio evolutivo de la conducta homosexual en cualquier especie implicaría una triple aproximación al problema:

  1. Demostrar que hay variabilidad genética para el carácter, puesto que si no la hubiera no tendría sentido hacer estudio evolutivo alguno;
  2. analizar la relación entre el comportamiento homosexual y la eficacia biológica de los individuos y, así, poder comprobar si la homosexualidad es consecuencia de una estrategia reproductiva que, en conjunto, es más eficaz que otras estrategias en las que no hay comportamiento homosexual,
  3. elaborar diferentes hipótesis sobre los posibles mecanismos implicados en la evolución del comportamiento homosexual, que sean experimentalmente contrastables a fin de poder elegir una de ellas.

En cuanto al primer punto, parece plausible aceptar la variabilidad genética a la vista de los resultados experimentales expuestos en el apartado anterior.

Respecto a la eficacia biológica de los individuos con comportamiento homosexual, parecería lógico admitir que, al menos en muchos casos, tales personas tienen menos descendencia que los heterosexuales. ¿Cómo se podrían mantener, entonces, los genes de homosexualidad en las poblaciones humanas? Una posibilidad sería que hubiera una "selección a favor de heterocigotos"; otra posibilidad podría ser que se diera una "selección familiar". Este segundo caso es imaginable en una sociedad humana primitiva en la que los individuos homosexuales, al no tener hijos propios, podrían ayudar a alimentar y "sacar adelante" a los hijos de sus parientes, de manera que se compensara el menor número de descendientes de los homosexuales con el aumento de probabilidad de supervivencia de sus sobrinos, primos, etc. De esta manera podría asegurarse la supervivencia de los genes que predisponen o condicionan la homosexualidad. Esta argumentación, que podría tener cierta lógica en las primitivas sociedades humanas cazadoras y recolectoras, posiblemente no sería aplicable a las sociedades modernas.

Finalmente, me parece importante volver a destacar desde el punto de vista científico dos conclusiones: una, que los genes pueden predisponer más que determinar la conducta homosexual (LeVay y Hamer, 1994); otra, que aun cuando los rasgos genéticos y neuroanatómicos parecieran estar correlacionados con la orientación sexual, la relación causal no está ni mucho menos conocida (Byne, 1994).

4. ASPECTOS ÉTICOS DE LA HOMOSEXUALIDAD

Los datos experimentales indican que el porcentaje de personas homosexuales en las poblaciones humanas no es desdeñable (2%, 4% o 5%, según diferentes estudios). Se indicaba al principio del presente estudio que en la sociedad se había producido un cambio en cuanto a la consideración de la homosexualidad, pasando para unos de "delito" a "pecado" (el "pecado nefando", vitium nefandum), de "pecado" a "enfermedad" y de "enfermedad" a "condición", mientras que para otros no es más que un "ejercicio de la libertad" humana, rechazando que haya algún tipo de condicionamiento. En este último aspecto habría que tener en cuenta, quizá, aquello de que "la verdad que hace a los hombres libres es para la mayoría la que prefieren no oír" (Herbert Agar), como recuerda Trechera (1997) en su estudio psicológico experimental sobre la homosexualidad.

Este mismo autor plantea si la homosexualidad es una opción libremente elegida o se trata más bien de un autodescubrimiento progresivo en el que cada uno se va reconociendo de una determinada forma. De la encuesta realizada entre 126 homosexuales españoles (82% varones y 18% mujeres) se infiere que para una gran mayoría (80%) de los varones entrevistados, su homosexualidad se presentó, no como una elección, sino como una tendencia innata, una fuerza de la naturaleza que se fue desarrollando en el interior del individuo: poco a poco uno se va autodescubriendo o sintiendo atraído por personas del mismo sexo. En cuanto al cuándo se produjo ese autodecubrimiento, un 49% de los entrevistados contestaron que antes de los 12 años, un 22% en la pubertad (12 a 15 años), 21% en la adolescencia (15 a 19 años) y un 8% con más de 20 años.

Como señala Trechera, entre el autodescubrimiento y ser consciente del mismo se desarrolla un proceso de aceptación y reconciliación con su propia realidad homosexual. Así, algunos encuestados decían: "...asumir mi homosexualidad ha hecho de mí un hombre normal" o bien "aceptarme, asumir mi homosexualidad y vivir desde ella ha sido la única forma de ser normal". Para la mayoría resultó crucial el momento en el que explicitaron o verbalizaron a otros su homosexualidad. En cuanto a un posible sentimiento de culpa, casi un 60% de los entrevistados vivieron con sentido de culpabilidad su consciencia de homosexualidad, si bien solamente un 7% mantenía con posterioridad la experiencia de culpa.

4.1. VALORACIÓN DE LA HOMOSEXUALIDAD EN LA MORAL CATÓLICA

Siendo la sociedad española de tradición mayoritariamente católica, parece necesario hacer referencia explícita, aunque sea de forma muy resumida, a la valoración de la homosexualidad desde un punto de vista de la moral católica.

En cuanto a la valoración de la homosexualidad por parte de la Iglesia Católica (ver Gafo, 1997), aún cuando el Concilio Vaticano II supuso un cambio en la valoración de la sexualidad, sin embargo hasta 1975 no se produjo una nueva declaración oficial sobre la homosexualidad (Declaración Persona humana de la Congregación para la Doctrina de la Fe), en la que distingue una homosexualidad "adquirida" - que califica de "transitoria o, al menos, curable"- y otra producida por "cierto instinto innato", que "se supone incurable". En consecuencia se concluye que no puede afirmarse que "todos cuantos padecen esta anomalía son personalmente responsables de ella".

Posteriormente, en 1986, la misma Congregación para la Doctrina de la Fe volvió a tratar el tema de la homosexualidad en la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales para salir al paso de "interpretaciones excesivamente benévolas de la condición homosexual" surgidas a partir de la Declaración Persona humana de 1975, afirmando que "la particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada". En cualquier caso, la Carta deplora que las personas homosexuales hayan sido objeto de "expresiones malévolas y de acciones violentas", afirmando que "la dignidad propia de toda persona siempre debe ser respetada en las palabras, en las acciones y en las legislaciones".

Finalmente, en 1992, el Catecismo de la Iglesia Católica (números 2357, 2358 y 2359) recuerda que la Tradición ha declarado siempre que "los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados" y son "contrarios a la ley natural" (nº 2357); no obstante, los hombre y mujeres homosexuales "deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta" (nº 2358). Finalmente dice que "las personas homosexuales están llamadas a la castidad" (nº 2359).

Además de la consideraciones anteriores referidas a la doctrina oficial de la Iglesia, es importante señalar, como indica Gafo (1997), que el debate teológico actual pone de manifiesto la existencia en el seno de la Iglesia de cuatro tomas de postura sobre la homosexualidad:

  1. los que rechazan la orientación y el comportamiento homosexual,
  2. los que rechazan las acciones y el estilo de vida homosexual, pero no la orientación (el tener la condición homosexual) y apoyan incondicionalmente a la persona homosexual,
  3. los que, no sólo no descalifican la orientación homosexual, sino que aceptan éticamente el mismo comportamiento homosexual cuando se dan las mismas condiciones que legitiman el comportamiento heterosexual,
  4. los que no descalifican la orientación homosexual, pero sin ponerla al mismo nivel que la heterosexualidad, y afirman una aceptación ética, aunque matizada, del comportamiento homosexual. Algún teólogo (P.S. Keane) de este grupo acepta que en las acciones homosexuales de una persona homosexual que actúa responsablemente y en la medida de sus posibilidades hay un mal óntico pero no necesariamente un mal moral. Algún otro teólogo (Ch. Curran) llega a afirmar que considera "moralmente justificadas las acciones homosexuales para el homosexual irreversible en el contexto de una relación amorosa que aspira a la estabilidad".

El tema de la homosexualidad en relación con los valores éticos y morales es muy difícil de resolver. Parafraseando a Javier Gafo, el tema de la homosexualidad es una "asignatura pendiente", no sólo para la reflexión teológica católica, sino también para la sociedad.

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